¿Qué estoy haciendo (todavía) en la Iglesia?

APCS. *¿Qué estoy haciendo (todavía) en la Iglesia?, por Eduardo de la Serna_

Cuando miro algunas cosas y la actitud o reacción de “la Iglesia”, más de una vez me surge la pregunta, crítica, por cierto _“-¿Qué estoy haciendo acá yo? ¿cómo puedo seguir estando?”_ Y, tantas (¡tantísimas!) veces estoy tan sin palabras que debo una vez más empezar a pensar y a tratar de dar(me) respuestas.

* Cuando veo la actitud de tantos, jerarcas especialmente, ante los aberrantes casos de abuso, me revuelven las tripas. Tengo claro que “la Iglesia” no es ni la más abusadora, ni – mucho menos – una institución abusadora, pero los casos de abusos aparecen por doquier, y decenas de veces son ninguneados, relativizados, tapados, de modo que sólo se suma escándalo al escándalo. Es cierto que una enorme mayoría no-abusadora queda “pegada” a la aberración, pero lo es porque estamos en una institución (y parece que en ocasiones debemos “defender” una institución) que traslada abusadores, niega abusos, o los “comprende”: _“todos somos pecadores”._

* Mirando nuestra historia no muy lejana no puedo menos que conmocionarme por los pocos, ¡poquísimos!, jerarcas que levantaron las voces claras, incuestionables, arriesgadas y proféticas ante las dictaduras de nuestros países latinoamericanos.

* Tratando de pulsar el presente de nuestra América Latina, el escándalo me golpea directamente a la cara. No solamente al ver el silencio (cómplice, por aquello de “el que calla otorga”) ante tanto dolor. No solamente el silencio “oficial” de la antiguamente luminosa Conferencia Episcopal Brasileña ante los delirios de su presidente pendenciero; ver las multitudes en las calles chilenas y el atronador silencio (y ausencia) eclesial; ver las multitudes indígenas inundando los caminos ecuatorianos, y la ofensiva negación de la memoria de Leónidas Proaño y otros profetas de esas tierras; y sumo a eso otros silencios vergonzantes como de los episcopados Colombianos y Argentinos, particularmente (pero, eso sí, cuando de Venezuela o Nicaragua se trata las voces episcopales se levantan “valientes”) ante las aberraciones neoliberales y, ahora, la negativa del episcopado boliviano de reconocer como golpe de estado lo que no puede tener otro nombre salvo complicidad manifiesta (como la de la OEA, el macrismo y otros aliados de los poderes establecidos). Sin duda alguna me siento totalmente ajeno a esas actitudes y palabras eclesiásticas. El súbito biblista Luis F. Camacho afirmó que _“nunca mas la Pachamama volverá al palacio de Gobierno”_ además de mancillar el digno signo de la Wiphala. Los obispos bolivianos acaban de regresar del Sínodo de la Amazonía donde la Pachamama estuvo presente. Parece que el cruce del Atlántico les hizo olvidar lo que allá se dijo e hizo (aunque no olvido que grupos católicos fundamentalistas arrojaron al rio Tiber las imágenes indígenas que acompañaron el sínodo).

* El lugar de las mujeres en la Iglesia sigue siendo decorativo. Lleno de (a veces) bellas palabras, pero la Iglesia no es solamente la única monarquía absoluta de occidente. También es el único patriarcado absoluto. Ver los altares llenos de varones y solo de varones, ofende las sensibilidades de quienes creemos que otra Iglesia es posible.

* Ya que hablo de “decorativo”, no puedo dejar de señalar que también me resulta totalmente decorativo el lugar que es la Iglesia ocupa la Biblia. Casi como para poder afirmar que la Iglesia no parece creer que esta sea _“Palabra de Dios”_ (el documento final del reciente Sínodo Amazónico es una vergonzosa muestra de esto). Salvo, claro está, cuando se hace una lectura fundamentalista, descontextualizada, sin una mínima hermenéutica, y en alianza con los grupos más cerrados de otras comunidades para clausurar todas las puertas y caminos en lo moral (especialmente, si no exclusivamente, en temas de sexo o género).

No logro comprender que, habiendo estudiado historia de la Iglesia, podamos decir que tal o cual cosa fue un “error”; que se debió haber pensado en otra variante, o dicho otra cosa, y que cuando algo semejante se repite en nuestros días se insista en el “error” sin siquiera plantearse otra opción.

Realmente, mirando estos elementos (y otros fácilmente visibles) me vuelve una y otra vez la pregunta inicial ¿Qué hago acá?

Y vuelvo, una y otra vez, a recordar que

* La Iglesia no son los jerarcas. La Iglesia es un pueblo. Y ese pueblo vive, celebra, tiene una fe… y en miles de cosas vive su fe lejos, ¡muy lejos!, de los jerarcas. Y la fe del pueblo de Dios es lo que nos constituye como Iglesia (teológicamente se llama _“sensus fidelium”,_ el sentir de los fieles). Casi que daría para preguntarse si tal (o tales) jerarcas pertenecen a la Iglesia. ¿Por qué me voy a ir de una comunidad a la cual tal o cual no pertenece, aunque quisiera adueñarse de ella o de su voz?

* Una y otra vez es urgente entender que los jerarcas no son “jerarquía”. El único conductor y el “jefe” de la Iglesia es el Espíritu Santo. Nadie más. Y si hubiera obispos o documentos que no escuchan el Espíritu Santo, simplemente deben ser dejados de lado (teológicamente se llama _“recepción”)._ En la Historia de la Iglesia hay cientos de casos que ilustran esto.

* Yo creo en Dios, no en la Iglesia. En la Iglesia no se cree. Y esto lo sostiene la más sana y tradicional teología. Al decir “en la Iglesia” estamos señalando que nuestra fe la desarrollamos “dentro” (por eso “en”) de la fe del pueblo, pero no que la “institución” sea objeto de fe; sólo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo es objeto de fe. Y, sinceramente, en eso sí creo. Y con mucha alegría creo.

Como señalé, la Historia de la Iglesia y la lectura de la Biblia me marcan caminos. Y esos caminos sí quiero caminarlos. Cuando los jerarcas (y algunos santos, como – nada menos que – Bernardo de Claraval) apoyaban y alentaban las cruzadas, Francisco de Asís mostró otra Iglesia (o si se quiere, otro rostro de la Iglesia). Cuando la Inquisición quemaba libros y personas, Teresa de Ávila resistía (¡y escribía!) hasta el punto de celebrar que muere _“hija de la Iglesia”_ (es decir, antes que la echaran). Cuando la evangelización europea esclavizaba, encomendaba y torturaba indígenas, Bartolomé de las Casas les gritaba que eran en realidad adoradores del oro, no del Dios de Jesús. La pregunta, y no es solo para mí, sino para todos los que decimos ser parte de la Iglesia, es cómo es la Iglesia que Jesús quería; cómo es y como sueña Jesús que la Iglesia sea. Otra Iglesia (u otro modo de ser Iglesia) es posible, deseable, soñado por Jesús. En esa quiero estar, eso trato de ser y, ojalá, todos (en especial los que muestran al mundo un deformado rostro del Pueblo de Dios) sepamos convertirnos para ser Iglesia de Jesús, Iglesia de los Pobres, Iglesia Pueblo de Dios.

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