La guerra del Atlántico Sur, los argentinos no son empanadas

Para APCS por Enrique Manson. La guerra del Atlántico Sur, los argentinos no son empanadas

Después de la heroica defensa de la Vuelta de Obligado, José de San Martín había escrito a Tomás Guido, el 10 de mayo de 1846: “Ya sabía la acción de Obligado; ¡qué iniquidad! De todos modos los interventores habrán visto… que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca.”

El 4 de mayo de 1982, cuando no se habían apagado los ecos del hundimiento del Belgrano, la Royal Navy sufrió un impacto no menos conmocionante. Hacía cuatro décadas que ningún barco de guerra británico se había perdido por un ataque enemigo, cuando el destructor HSM Sheffield sufrió el impacto de un misil Exocet que lo mandó al fondo del Atlántico.

La nave, una joya de la tecnología naval, navegaba en la primera línea del grupo de batalla, al este de las Malvinas. Ocupaba el flanco izquierdo –con sus similares Glasgow al centro y Coventry a la derecha-, seguidos por una poderosa formación que conformaba una serie de vallas de protección para los portaviones Invincible y Hermes, los objetivos más apetecibles de las armas argentinas, y a los que los ingleses consideraban imprescindible mantener protegidos ya que la pérdida de uno de ellos haría imposible el éxito de la expedición.

Los ingleses temían a la poderosa combinación de los aviones Súper Etendart y el misil aire-mar que portaban, ambos de fabricación francesa. Los galos habían embargado los envíos previstos de nuevas unidades y no aportaban la colaboración de sus técnicos para activar la sofisticada tecnología del Exocet. Sin embargo, era uno de los peligros principales que tenían previsto rechazar en caso de hacerse presente.

A media mañana del 4 de mayo, el capitán de corbeta Augusto Bedacarratz y el teniente de navío Armando Mayora, se lanzaron al Atlántico con sendos Súper Etendart armados con los temibles misiles. Volaron a baja altura lo que les permitió acercarse al enemigo en vuelo a ras de las olas. La flota navegaba al sudeste de las Malvinas, con la tranquilidad de estar muy lejos de las bases argentinas, lo que permitía mantener el alerta blanca, que equivalía a considerar la inexistencia de peligro de ataque inminente. Para colmo, como una ironía del destino, el capitán del Sheffield no estaba en el puente de mando porque se había retirado a su cabina después de almorzar.

Fue el radar del Glasgow, cuya tripulación seguramente tenía los nervios más sensibilizados ya que era el buque más expuesto de la flota, el que detectó el eco de enemigos cercanos. Los aviones argentinos debían elevarse del vuelo al ras cada tantas millas para buscar con sus propios radares los blancos. Era en esos breves momentos de exposición cuando la flota británica podía detectarlos. Sin embargo el alerta del Glasgow fue el comienzo de una comedia de equivocaciones, ya que el comando de guerra antiaérea de la flota “que ha recibido tres o cuatro de estas alarmas cada mañana” no terminaba de creer que el ataque era real.

Al alcanzar la distancia de tiro, los pilotos dispararon sus misiles sin ver todavía a sus blancos, que estaban a treinta kilómetros, y sin saber a qué barco estaban tirando, y comenzaron a alejarse en busca de un nuevo encuentro con el avión cisterna que les permitiera regresar a su base en Rió Grande, Tierra del Fuego. El Glasgow lanzó señuelos para despistar a los misiles, que ya habían sido detectados, y trató de disparar sus Sea Dart de intercepción, pero los Exocet pasaron de largo. Mientras uno aparentemente se perdía en el mar el otro se dirigió al desprevenido Sheffield donde, recién un minuto antes del impacto, fue detectado visualmente por los oficiales que estaban en el puente que dieron una desesperada alarma.

El misil impactó en el centro del destructor –por estribor- y poco más arriba que la línea de flotación. Pese a que la ojiva no estalló, de inmediato se produjo un incendio, que el combustible derramado ayudó a propagar. En el primer momento murieron veinte hombres, y dos docenas más resultaron heridos de gravedad. El buque tardó días en hundirse. Woodward tuvo que despedir a una de las joyas de la Royal Navy que él mismo había comandado en otro tiempo.

El hundimiento del Sheffield cambió el ánimo del gobierno británico. Según los historiadores ingleses Hastings, Max y Jenkins, Simón, Té battle for be Falkland, la iniciativa de paz peruana que había sido considerada como un conjunto de “tediosos obstáculos en el camino que conducía a la gloria, ahora a los ojos de muchos eran un camino de esperanza.”

Enrique Manson

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